dissabte, 4 de maig del 2019

El día que se perdió el amor


“A veces el amor te pone en el camino equivocado para que sepas cuánto duele”. 

Tras leer casi del tirón "El día que se perdió la cordura" no creí que fuera posible repetir hazaña, pero Javier Castillo ha conseguido que no pueda dejar de leer El día que se perdió el amor y que tras su lectura me pregunte qué será lo próximo que perderemos junto al autor en un día entre sus palabras.

La novela empieza situándonos el día 14 de diciembre de 2014 en Nueva York, donde una mujer desnuda y con unas hojas amarillentas en sus manos se presenta en una oficinas del FBI, allí será detenida por escándalo público e interrogada por el inspector Bowring, jefe de la Unidad de Criminología.

Pocas horas después aparece una mujer muerta, decapitada, una muerte que se entrelaza con nuestra mujer misteriosa dado que el nombre de la víctima se encuentra entre aquellos papeles que llevaba en la mano.

Nuestra protagonista había sido víctima de un secuestro años atrás y parece que llueve sobre mojado. El inspector Bowring pondrá su empeño en resolver el caso, hecho que le llevará a un nuevo camino y nuevos secretos sobre un caso sin resolver, el de Katelyn Goldman, una pesadilla personal de nuestro inspector.

Estamos frente a un thriller policial donde el pasado doloroso formará parte de la voz cantante de la novela, compartiéndola con la del inspector y un tercer narrador omnisciente que será un espectador de todo ello.

Esta trama nos presentará casos sin resolver, misteriosas desapariciones, secuestros y asesinatos, todo ello abriendo en nuestros protagonistas viejas cicatrices que ya creían cerradas.

Del mismo modo que seguiremos una trama criminal, el autor nos hace estremecer al sentir el dolor de las familias que buscan a sus seres queridos, a la sensación de vacío de Carla y a la falta de cariño que no recibió de pequeña. Es como un juego continuo de contraposiciones entre la maldad y el dolor con la esperanza de cerrar capítulos dolorosos.

Con una prosa fluida y con la información justa a cada paso, el autor nos mueve entre el pasado y el presente, entre diferentes lugares pero no nos suelta de la mano, nos guía por un sinuoso laberinto donde todo parece confluir en un centro que hasta el final no podremos vislumbrar.

Una novela magistral que nos presenta Debolsillo, encillamente soberbia.